La tristeza de no estar aquí en el futuro
César Elizondo
Ni yo me considero pendejo, y por supuesto que ninguno de mis amigos lo es. Por ese motivo regresé el libro a Francisco, quien me lo prestó luego de una interesante plática en torno al génesis de nuestra ciudad. La satisfacción del vistazo hacia el pasado fue inversamente proporcional a la desazón de saberme ausente cuando el futuro llegue por aquí.
Breve Historia de Saltillo (Archivo Municipal de Saltillo, año 2000), del maestro Jesús Alfonso Arreola Pérez (+), es una condensación que, aun cuando cita una impresionante bibliografía como respaldo documental, se puede leer en una tarde de domingo sin exigirle mucho a la sesera.
Más que evitar la repetición del pasado, revisar la historia nos brinda elementos para entender y apreciar el presente. Se mapea mejor uno así, dentro de una sociedad cuyo retrato fundacional es la escultura situada a espaldas del palacio de gobierno, justo en la línea limítrofe de lo que hace cuatrocientos y pico de años dividía a la Villa de Santiago del Saltillo del pueblo de
San Esteban de la Nueva Tlaxcala… algo similar a las bardas perimetrales de universidades, fraccionamientos y templos que hoy indican la separación de realidades más significativas que la geografía.
De ahí brinca la mente para pensar en pirámides y centros ceremoniales, arquitectura virreinal, infraestructura moderna, notas a pie de página como un monumento a la Revolución o la Plaza de las Tres Culturas, desarrollos turísticos y plazas comerciales, fábricas de bienes materiales y males ecológicos… un brinco más para apreciar el desarrollo del lenguaje, la agricultura y la ganadería, la invención de la pólvora, la rueda y la imprenta, las sinfonías de Mozart y la penicilina, las naves espaciales. Ah, y también la Coca-cola.
Yo no sé si me enorgullece más ser saltillense, mexicano o ser humano, porque en cada instancia encuentro motivos para apreciar mucho de lo que nuestros antepasados lograron para tener oportunidad de teclear conceptos y caracteres ante una computadora, de maravillarme ante todo lo alcanzado por la especie humana, por México y por los saltillenses. Cosas tan trascendentes como imponer condiciones a la naturaleza y dejar de ser depredados por el clima, los elementos, las enfermedades y las bestias; hasta enviar fierros y mensajes al espacio en busca de inteligencia más allá de lo observable. Y cosas tan cotidianas como el intercambio de bienes, servicios, divisas y memes. Todo por la gracia de haber nacido en cierto tiempo y espacio, de ciertos ancestros y especies, de ciertos dioses o azares.
Y la tristeza llega, luego de comprender un presente que, me niega la posibilidad de vivir el tiempo necesario para ver el futuro: un momento en la historia de la humanidad que sugiere una nueva civilización; donde la nueva realidad geopolítica obliga a México a hacerse arquitecto de su propio destino; donde Saltillo escribirá nuevas páginas. Un futuro precedido por un nuevo parto, donde mi generación y las anteriores ya no seremos testigos… pero donde todavía podemos ser protagonistas, igual que aquellos colonizadores nacidos en Hispania, esos indios tlaxcaltecas e improbablemente algún chichimeca trasnochado.
En mi generación estamos tan tristes como seguros de que la vida no nos dará para estar ahí y compartir con las generaciones del mañana ese apasionante futuro. Pero también estamos ciertos de tener ánimo para acompañarles a escribir el prólogo y los párrafos iniciales de una era tan trascendente para nuestra especie, como lo han sido tres o cuatro épocas en la historia, y como lo fueron dos o tres circunstancias en la historia de nuestro Saltillo.
“Yo no sé si me enorgullece más ser saltillense, mexicano o ser humano...”
ÍNDICE OPINIÓN
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2025-04-13T07:00:00.0000000Z
2025-04-13T07:00:00.0000000Z
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